Joy

Volví a la misma casa por tercera vez. Dejé mi firma en el libro de visitas. Tomé una foto de la puerta con el número 7. Cuando fui en busca del Petrof algún malvado había pegado un cartel sobre la tapa prohibiendo a los visitantes que toquen el piano.

Fue como si me sacaran un juguete.

Tuve que ir a la estación de tren a hacer mis porquerías ahí. Con las manos heladas. Un señor se sentó a mi lado a escuchar mientras se balanceaba con la música. Cuando terminé de tocar me dio conversación.

No sé por qué las personas piensan que tienen que decirme algo respecto del piano. Los hombres en particular. Vienen, sonríen, hacen algún comentario. En general son comenatarios favorables. Supongo que nadie va a acercarse para señalarme lo mal que lo hago. El día del centro cultural un tipo canoso, se puso hablar de música latinoamericana, de Silvio Rodriguez, de Facundo Cabral, del comunismo, de no sé qué más. Y así. Otro se acomodó en el sofá en el que yo estaba descansando después de la prueba de sonido y también: que estudiaba español, que la música, que el piano.

Me resulta curioso que vengan hablar. Necesitan decir. Quizás preguntan algo, pero es más la necesidad de epxpresarse que la de escuchar respuestas. Como si de alguna forma ellos mismos tuvieran que responder a lo que (supuestamente) uno les dijo antes con la música.

No me pasó con mujeres. Siempre son hombres. O por lo menos hasta ahora.

Las mujeres, si se acercan, son más concretas: "me encantó lo que hiciste" y listo.

No se ponen a discurrir.

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